Formación Espiritual

Apenas Unas Sardinitas…

Que Dios nos ayude a poner toda nuestra confianza y esperanza en Él para que entonces también cada uno de nosotros lleguemos a experimentar Su grandeza y poder como ese jovencito. by El Mayor Guillermo Di Caterina

“Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia”, nos dice Proverbios 3:5 (NVI). Es un pasaje que quizás hemos leído muchas veces, pero que podemos ver ilustrado en una de las historias más asombrosas durante el ministerio de Jesucristo.

El relato lo podemos encontrar en el Libro de Juan 6:3-14: 

3 Entonces subió Jesús a una colina y se sentó con sus discípulos. 4 Faltaba muy poco tiempo para la fiesta judía de la Pascua.

5 Cuando Jesús alzó la vista y vio una gran multitud que venía hacia él, dijo a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar pan para que coma esta gente?” 6 Esto lo dijo solo para ponerlo a prueba, porque él ya sabía lo que iba a hacer. 7 “Ni con el salario de más de seis meses de trabajo podríamos comprar suficiente pan para darle un pedazo a cada uno”, respondió Felipe.

8 Otro de sus discípulos, Andrés, que era hermano de Simón Pedro, le dijo: 9 “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?” 10 “Hagan que se sienten todos”, ordenó Jesús.

En ese lugar había mucha hierba, así que se sentaron. Los varones adultos eran como cinco mil. 11 Jesús tomó entonces los panes, dio gracias y distribuyó a los que estaban sentados todo lo que quisieron. Lo mismo hizo con los pescados. 

12 Una vez que quedaron satisfechos, dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos que sobraron, para que no se desperdicie nada”. 13 Así que recogieron los pedazos que habían sobrado de los cinco panes de cebada y llenaron doce canastas.

14 Al ver la señal milagrosa que Jesús había realizado, la gente comenzó a decir: “En verdad este es el profeta que había de venir al mundo”.

La multitud rodeaba al Maestro, llevaban horas escuchando Sus enseñanzas, y aparentemente no había ninguna señal de que se marcharían a sus hogares. Frente a este panorama, Jesucristo hace una pregunta que produjo gran desconcierto: “¿Dónde vamos a comprar pan para que coma esta gente?”

Es interesante el destacar que de todos los discípulos que se encontraban con Jesús, Él escoge a Felipe para preguntarle de dónde sacarían la comida. Esto es sumamente lógico cuando entendemos que Felipe era originario de Betsaida, y como residente del área sabría muy bien dónde encontrar sitios para comprar comida.

Pero debemos enfocarnos en un personaje muy importante en medio en este relato—un personaje que no puede pasar desapercibido y del que todos podemos aprender algo. Lo vemos en el versículo 9. Este muchacho es justamente uno que puede modelarnos lo que significa Proverbios 3:5. Éste es él que en aquella tarde se llevó la bendición más grande: el ser utilizado por Jesús y ser testigo de Su poder. 

¿Pero que podemos aprender de este joven? Lo primero que vemos es que estuvo dispuesto a entregar lo único que tenía. Aparentemente no era mucho lo que el joven tenía para entregar. Aparentemente era algo insignificante. Pero era todo lo que tenia, y en ese momento, era lo que más necesitaba.

Cabe mencionar que el pan de cebada era el pan más barato que existía; le llamaban el pan de los pobres. Los peces en el original griego se refiere a peces pequeños que se usaban sólo para hacer condimentos o sándwiches junto con el pan.

Aquí no se trata de lo mucho o poco que uno pueda tener. Se trata de estar dispuestos a ponerlo en las manos de Dios. Este joven tenía todo el derecho del mundo en buscar una sombrita, sentarse cómodamente y disfrutar de su comida.

No sabemos cuántas otras personas también quizás tendrían algún tipo de provisión reservada para el momento, pero sí sabemos que un joven dio un paso al frente y estuvo dispuesto a poner en las manos del Mesías todo lo que tenía y lo más que necesitaba en este momento.

Lo segundo que podemos ver en este joven es que tenía expectativas de lo que Jesús podía hacer. Si aquel joven no hubiera tenido expectativas acerca de lo que Jesús podía hacer, se hubiera comido sus pececitos, sus panes y se hubiera ido para la casa feliz y con su barriguita llena. Pero por tener expectativas mayores aun a las que tenían los propios discípulos, fue que pudo ver las manos de Dios de una forma que pocos la han experimentado.

Muchas veces vivimos nuestras vidas cristianas sin ningún tipo de expectativas acerca de lo que Dios puede hacer en y a través de nosotros. Vivimos vidas cristianas en piloto automático. Nos acostumbramos a una rutina y no esperamos ni anhelamos ver cosas extraordinarias de parte de Dios.

Si servimos a un Dios extraordinario, debemos esperar cosas extraordinarias en nuestras vidas. Si servimos a un Dios todopoderoso, ¿por qué conformarse a una vida común y corriente?

Lo tercero que podemos aprender de este joven es que se identificó con la necesidad del prójimo. Indudablemente la opción más fácil para el muchacho era decir: “Bueno, todo muy lindo. Jesús es un gran predicador, pero ya me ha dado hambre y tengo lo que necesito para resolver ese detalle. Cuídense mucho. Nos vemos otro día…”.

Pero en realidad su actitud fue totalmente opuesta a esto. Vio la necesidad y aun teniendo todo el derecho del mundo a mantenerse al margen del asunto y dejar que los discípulos lo resolvieran, enfrentó las circunstancias y decidió hacer algo al respecto. No era mucho lo que podía hacer, pero era todo lo que Jesús necesitaba.

Un muchacho que enfrentó las circunstancias, no las esquivó, ni miró para otro lado—todo lo contrario, con abnegación “confió en Jesús de todo corazón y no se apoyó en su propia inteligencia”. ¡El Maestro tomó lo que el joven le entregó e hizo algo maravilloso!

Que Dios nos ayude a poner toda nuestra confianza y esperanza en Él para que entonces también cada uno de nosotros lleguemos a experimentar Su grandeza y poder como ese jovencito.

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